Categoría: Sociales

Columnas sobre fenómenos sociales, cultura y vida en común.

  • Una correría por los orígenes del capitalismo en Colombia

    Una correría por los orígenes del capitalismo en Colombia

    Portada del libro El proceso del capitalismo en Colombia, de Mario Arango Jaramillo, segunda edición, Ediciones Hombre Nuevo.
    Mario Arango Jaramillo, El proceso del capitalismo en Colombia (Ediciones Hombre Nuevo).

    Mario de Jesús Zambrano Miranda

    He iniciado una correría por los libros viejos; en ella hay algo de regreso a mis años de estudiante y a los maestros que despertaron en mí el deseo de comprender el mundo. Cuando llegué a la Universidad de Pamplona, además del gusto por la literatura, llevaba en el corazón y en la mente una inquietud por las ciencias sociales. La posibilidad de estudiar la licenciatura fue un encuentro con el saber y con personas que hicieron de esa inquietud una febril emoción por leer, preguntar y tratar de entender.

    Quería devorarme el mundo, pero devorármelo desde la lectura y la capacidad de comprenderlo. Pronto fui descubriendo que eso exigía mirarlo desde distintas aristas, hacer preguntas y poner en relación lo que iba aprendiendo. En ese camino encontré maestros a quienes recuerdo con gratitud: el profesor Carlos Gil Jurado, quien me regaló muchos de los libros que hoy pretendo comentar; la profesora Ana Noriegu Gutiérrez y el profesor Ramiro Ceballos. Volver a esos libros también es una manera de hacer memoria de ellos y de lo que significaron en mi formación.

    En mi acercamiento a la historia ocupa un lugar especial el profesor Guillermo León Díaz, quien ya falleció. Con él estudié historia antigua, medieval y moderna, e historia de Colombia. En sus clases encontró lugar una semilla que todavía me acompaña: la preocupación por el pasado y por la manera como aprendemos a interpretarlo.

    El profesor Guillermo nos invitaba a estudiar la historia con sentido crítico; yo venía de una enseñanza en la que recordar fechas, nombres y acontecimientos tenía un peso considerable, como les ha ocurrido a muchos en este país. Esos conocimientos son importantes, pero resultan insuficientes si no aprendemos a preguntar por las condiciones en que ocurrieron los hechos, por los intereses en disputa y por las vidas de quienes participaron en ellos. Comprender la historia exigía ir más allá de memorizarla.

    Esa forma de acercarme al pasado me permitió tomar distancia de las miradas nostálgicas o románticas y de cierta enseñanza apologética que invita a admirar antes que a comprender. El pasado podía ser interrogado; había explicaciones que discutir, relaciones que descubrir y versiones que contrastar. Ese aprendizaje está presente en este ejercicio de lectura, aunque ahora lo emprenda desde otro momento de mi vida.

    También hay una inquietud que me acompaña cuando vuelvo a los libros viejos. A veces parece que su antigüedad bastara para invalidarlos, como si ya no tuvieran nada que decirnos. Recuerdo que, en una universidad, me insistían en la actualización de la bibliografía. Comprendo la necesidad de conocer nuevas investigaciones y revisar nuestras referencias; lo que me cuesta aceptar es que la fecha de publicación se convierta, por sí sola, en una medida del valor de un libro.

    Algunos libros guardan algo de lo añejo del buen whisky: un sabor del saber que merece tiempo y atención. La imagen me sirve para expresar el gusto de volver a ellos, sin suponer que todo libro viejo es un clásico ni que sus explicaciones deban aceptarse por su antigüedad. Leerlos permite reconocer las preguntas de otra época, refrescar la memoria y examinar qué conservan de interés para nosotros.

    Con ese ánimo estoy leyendo El proceso del capitalismo en Colombia, de Mario Arango Jaramillo, en su segunda edición, publicada por Ediciones Hombre Nuevo. Por su lenguaje y sus referencias, lo sitúo en el ambiente intelectual de los años setenta. Su interpretación marxista de la historia dialoga con las preocupaciones de las teorías del desarrollo y de la dependencia; la referencia a Paul Baran, al examinar el excedente económico y su destino, ayuda a reconocer ese horizonte de discusión.

    Lo que sigue recoge algunos pasajes que he subrayado y procura describir el argumento del autor, acompañado de las reflexiones que me suscita. Es un ejercicio personal de lectura, conectado con mi pasado y con la memoria de mis maestros. En esta ocasión me detengo en las grandes contradicciones del modo de producción colonial y en la explicación que Arango ofrece sobre los vínculos entre minería, tierra y comercio en la Nueva Granada.

    La primera contradicción aparece en la relación entre la organización interna de la Colonia y el mercado mundial. En la interpretación de Arango, la Nueva Granada se articuló a la expansión del capitalismo mediante una economía cuyo eje era la minería del oro. Alrededor de ella se organizaban buena parte del aparato político y fiscal, las actividades de abastecimiento y los circuitos comerciales; sin embargo, una parte fundamental de esa riqueza se obtenía mediante trabajo esclavizado y otras relaciones de producción no capitalistas.

    La tensión está en ese vínculo. El oro extraído bajo relaciones de dominación colonial alimentaba la circulación y la acumulación de riqueza en Europa; participar en un mercado capitalista no convertía automáticamente en capitalistas las relaciones de trabajo que sostenían esa participación. Para el autor, ambas realidades podían coexistir y reforzarse. Esta distinción ayuda a evitar una lectura demasiado simple de nuestra incorporación a la economía mundial.

    También dentro de la Colonia coexistían distintas formas de producir. Estaba la producción destinada al autoconsumo, la producción mercantil simple de pequeños productores y artesanos, y las expresiones incipientes de producción capitalista que Arango identifica en ciertos espacios. Esa heterogeneidad importa: las regiones se vinculaban de manera diferente al comercio, organizaban el trabajo bajo condiciones distintas y tenían posibilidades desiguales de acumular riqueza y ampliar sus actividades.

    Una de las tesis que me ha llamado la atención se refiere a la esclavitud. Arango encuentra en la minería esclavista condiciones que contribuyeron a la acumulación mercantil y al posterior desarrollo capitalista de Antioquia. La aparente paradoja consiste en que el trabajo esclavizado, tan distante del trabajo asalariado, podía alimentar fortunas que después encontraran otros destinos productivos. Leer esta relación obliga a reconocer la violencia sobre la que se construyeron parte de esas riquezas. La relación entre esas fortunas y sus posteriores destinos productivos es uno de los asuntos que me interesa seguir en la lectura.

    La segunda contradicción se encuentra en la tierra. Arango sitúa su origen en la expropiación de las tierras de las comunidades indígenas durante la Conquista y la Colonización. La propiedad colonial se construyó mediante relaciones de fuerza y mecanismos de apropiación respaldados por el poder; por eso, el conflicto agrario tenía una dimensión que excedía la distribución del ingreso: comprometió las condiciones materiales de existencia de las comunidades despojadas.

    Me parece relevante su insistencia en las particularidades de ese proceso. Trasladar sin más a América la explicación del feudalismo europeo puede ocultar el significado de la expropiación indígena. Para las comunidades, recuperar la tierra involucraba formas de vida y relaciones colectivas que no se comprendían plenamente desde la concepción europea de propiedad privada. El conflicto entre terratenientes, indígenas y campesinos debía leerse dentro de esa historia de despojo.

    En los pasajes que subrayé, el autor describe cómo ese proceso fue configurando, hacia finales del siglo XVIII, una estructura agraria fundada en el latifundio. En su interpretación, la concentración de la tierra restringía la expansión de la producción mercantil y del consumo. La precariedad de amplios sectores rurales estrechaba el mercado interno, mientras una parte de los propietarios orientaba su demanda hacia bienes suntuarios importados. La distribución de la propiedad tenía consecuencias sobre las posibilidades de producir y vender.

    Esa caracterización requiere conservar las diferencias territoriales que el propio libro permite observar. Aunque Arango sostiene que la agricultura neogranadina atendía principalmente necesidades locales, también registra especializaciones y circuitos de intercambio. Me llamó la atención la referencia al cacao en los valles de Cúcuta y Neiva, junto con el trigo en Cundinamarca y Boyacá y la caña de azúcar en otras regiones. El tabaco, además, ocupaba un lugar destacado por su importancia fiscal. Había actividades y mercados concretos dentro de una economía que el autor describe como fragmentada.

    La tercera contradicción se expresa en el comercio y en los intereses que crecieron a su alrededor. El intercambio con Europa facilitaba la transferencia de riqueza hacia la metrópoli y, a la vez, permitía acumular capital a comerciantes establecidos en la Nueva Granada. El orden colonial producía actores que obtenían beneficios dentro de sus reglas, pero que también podían encontrar obstáculos en sus restricciones; su relación con ese orden tenía, por tanto, motivos de adhesión y de conflicto.

    Arango distingue la «burguesía compradora», vinculada al comercio exterior y asentada principalmente en Cartagena y Santafé, de los mercaderes que articulaban los intercambios internos. Estos últimos conectaban centros mineros, zonas agrícolas y núcleos artesanales; distribuían alimentos, manufacturas locales y artículos importados. Bajo el nombre de comerciantes aparecían posiciones e intereses diversos, cuya participación en los conflictos políticos exige una explicación más precisa que la simple oposición entre españoles y criollos.

    Las dificultades de comunicación formaban parte de esa economía. Los ríos Magdalena y Cauca constituían ejes principales, acompañados por caminos de herradura y conexiones precarias entre regiones. Según el autor, las rutas respondían en buena medida a las condiciones naturales y a los intereses del comercio exterior. Desde una preocupación por el desarrollo regional, este pasaje resulta sugerente: la manera como se conectan los territorios influye en los mercados que pueden construir y en las actividades que encuentran posibilidades de expansión.

    El caso del Socorro permite observar esas tensiones con más detalle. Allí se desarrolló una actividad textil que vinculaba comerciantes y artesanos. Quien controlaba la materia prima y compraba las telas podía ejercer dominio económico sobre tejedores que conservaban cierta independencia en su trabajo. Arango examina esa organización para explicar tanto la expansión de la producción como sus límites; la existencia de talleres, intercambios y comerciantes prósperos no bastaba para consolidar una manufactura capitalista en el sentido que él utiliza.

    A las características de esa organización se sumaban la limitada capacidad de consumo, las barreras fiscales y las dificultades de transporte. La trayectoria del Socorro le permite discutir por qué una actividad productiva con cierta importancia regional no logró transformar el conjunto de relaciones que la rodeaban. Su explicación continúa en la República: atribuye a las políticas librecambistas, especialmente desde mediados del siglo XIX, un papel decisivo en su deterioro. Es una interpretación que invita a examinar cómo las decisiones de política económica afectaron de manera distinta a cada región.

    A esta altura de la lectura surge una pregunta que atraviesa varios de los fragmentos: ¿hacia dónde iba la riqueza acumulada? Si la minería y el comercio generaban excedentes, interesa saber quién podía disponer de ellos y qué hacía con esos recursos. La discusión sobre los orígenes del capitalismo también pasa por el destino de las fortunas, por las oportunidades de inversión y por las instituciones que organizaban el crédito.

    Las páginas sobre los censos y las capellanías son especialmente reveladoras. El autor describe cómo una persona podía destinar dinero o bienes a financiar misas por su alma. Para sostener ese propósito, los recursos debían producir una renta; en el mecanismo que examina, el dinero se prestaba con garantías sobre la propiedad territorial, lo que favorecía el acceso de grandes propietarios. Una práctica religiosa quedaba así vinculada a la circulación del excedente y a las relaciones económicas del campo.

    Arango interpreta ese circuito como una vía de consolidación del poder de los terratenientes y de la Iglesia. Parte de los capitales acumulados en el comercio y la minería se aproximaba a la gran propiedad. El pasaje muestra por qué acumular dinero y transformar la producción son procesos diferentes; el destino de los recursos dependía de quién podía ofrecer garantías, de los intereses de sus propietarios y de las instituciones disponibles para invertirlos.

    Estas tensiones también aparecen en su lectura de la Revolución Comunera de 1781. Arango discute las explicaciones que reducen su fracaso a la traición de una élite o a la falta de organización popular. Propone examinar los intereses de los grupos participantes, sus relaciones con la propiedad y el comercio, y el alcance de sus reivindicaciones. Compartir el rechazo a ciertas medidas coloniales no implicaba coincidir en la transformación social que cada grupo estaba dispuesto a respaldar.

    Esta parte del libro me deja una reflexión sobre el cambio político. Las contradicciones económicas pueden generar conflictos, pero su desenlace depende de alianzas, decisiones y capacidades de acción. La acumulación mercantil tampoco determina, por sí sola, una voluntad de transformar las relaciones existentes. Un comerciante podía cuestionar restricciones y conservar intereses ligados al orden que las producía; esa ambivalencia ayuda a comprender las dificultades de los movimientos que reúnen sectores con aspiraciones distintas.

    Al terminar estos pasajes, vuelvo a pensar en las clases del profesor Guillermo León Díaz y en aquella invitación a preguntar por el pasado. El libro me ha permitido retomar discusiones sobre la tierra, el trabajo y la riqueza, y recordar cómo nació mi interés por ellas. En esta correría hay libros que conservo y maestros que siguen presentes en mi manera de leer; comentar estas páginas es también una forma de agradecerles. Por ahora, sigo subrayando.

    Libro comentado: Mario Arango Jaramillo, El proceso del capitalismo en Colombia, segunda edición, Ediciones Hombre Nuevo.

  • Noches blancas: el soñador y el miedo a vivir

    Una lectura sobre la fantasía como refugio y como prisión

    Introducción

    Noches blancas se recuerda como una novela breve sobre un amor imposible. Es una lectura cómoda, pero incompleta. Bajo esa historia liviana (dos noches blancas en San Petersburgo, un encuentro entre dos solitarios, una promesa rota) Dostoyevski despliega lo que considero su verdadero asunto: la soledad, la fantasía y el miedo a vivir.

    Para entender al anónimo soñador que protagoniza la obra hay que situarlo en su contexto. La novela aparece en 1848, durante el reinado de Nicolás I (el «Gendarme de Europa»), en una Rusia marcada por la censura, el autoritarismo y la ausencia casi total de espacios para la participación política e intelectual. San Petersburgo no es ahí un telón de fondo: es una ciudad artificial levantada sobre marismas, atravesada por la niebla y la burocracia, que produce sobre quien la habita una sensación permanente de extrañamiento.

    La Rusia de mediados del siglo XIX transita entre el Romanticismo y el Realismo. El idealismo europeo había impregnado a la juventud rusa, pero la imposibilidad de transformar la realidad empuja a muchos espíritus sensibles hacia el repliegue interior. Donde no es posible actuar, queda la imaginación; donde la realidad frustra los anhelos, surge el refugio de la fantasía.

    Conviene recordar también que esta es la obra del Dostoyevski anterior a Siberia. Es el joven escritor que aún no ha experimentado el simulacro de fusilamiento, los años de trabajos forzados ni la transformación espiritual que marcaría sus novelas mayores. Por eso el soñador ocupa un lugar singular en su galería de personajes. Ya están en él rasgos que luego se radicalizarán en el hombre del subsuelo o en Raskólnikov (introspección desmedida, alienación, dificultad para habitar el mundo), pero conserva una inocencia que las obras posteriores ya no permiten. Es un personaje melancólico, no cínico; aislado, no resentido; profundamente solo, pero todavía capaz de conmoverse ante el sufrimiento ajeno.

    Quizá por eso el soñador resulta tan cercano. Más que un personaje literario parece una posibilidad humana. Todos hemos sentido, en algún momento, la tentación de refugiarnos en los propios pensamientos, sustituir la experiencia por la imaginación, o contemplar la vida desde una distancia prudente para evitar el riesgo de sufrir.

    Ahí radica la grandeza de la novela: no cuenta solo la historia de un hombre enamorado. Cuenta la historia de un hombre que descubre demasiado tarde que imaginar la vida no es lo mismo que vivirla.

    I. El soñador: un hombre que imagina la vida

    Desde las primeras páginas Dostoyevski se ocupa de advertir que su protagonista no es un hombre común. No lo presenta como tímido, introvertido o solo: lo describe como una criatura extraña, casi suspendida entre la realidad y la imaginación. La definición es tan llamativa como inquietante:

    El soñador, si es necesario definirlo con más precisión, no es un hombre, sino, si quiere saberlo, un ser de género neutro. Se ubica generalmente en algún rincón inaccesible, como si se escondiera del mundo, y se introduce en él apegándose a su rincón como un caracol, o al menos pareciéndose mucho a ese curioso animal que es casa y animal a la vez, como la tortuga.

    No describe un temperamento; construye una condición existencial. El soñador es alguien que ha renunciado al mundo exterior para refugiarse en el territorio seguro de sus pensamientos. Deja de ser un hombre concreto y se vuelve una abstracción, un ser indefinido cuya verdadera vida ocurre lejos de la experiencia y cerca de la fantasía.

    La metáfora del caracol y la tortuga es reveladora. Ambos animales llevan su casa consigo; ambos encuentran protección en aquello que también los limita. El soñador hace exactamente eso: su interioridad funciona como refugio frente a las incertidumbres del mundo, pero ese mismo refugio termina convirtiéndose en prisión.

    Hay aquí una paradoja humana. Todos buscamos lugares seguros; todos construimos espacios donde protegernos de la decepción, del rechazo, del fracaso. Pero cuando la protección se vuelve forma permanente de existencia, nos aísla precisamente de aquello que da sentido a la vida. Dostoyevski sugiere que hay una diferencia fundamental entre estar vivo y participar realmente de la existencia. El protagonista respira, camina por San Petersburgo, observa a la gente; y, sin embargo, permanece al margen de aquello que contempla. Es un espectador de la vida, no uno de sus protagonistas.

    Una de las frases más significativas de la novela aparece cuando el narrador habla de quienes «viven de verdad». La expresión encierra una confesión involuntaria: si hay personas que viven de verdad, es porque él sospecha que no pertenece a esa categoría. La distancia entre ambos mundos es enorme. De un lado, quienes actúan, se equivocan, toman decisiones y asumen las consecuencias; del otro, el soñador, que sustituye la experiencia por la imaginación y la incertidumbre por la contemplación. Mientras unos construyen su existencia con elecciones concretas, él la construye con escenarios imaginarios.

    La fantasía aparece entonces como una forma de protección frente al sufrimiento. El soñador cree escapar del dolor refugiándose en sus sueños, pero paga un precio demasiado alto por esa seguridad aparente: al evitar el riesgo evita también la plenitud; al huir de la decepción renuncia igualmente a la posibilidad de la felicidad.

    Dostoyevski no condena la imaginación. Reconoce su poder creador y su capacidad para enriquecer la vida humana. Lo que cuestiona es otra cosa: el momento en que la fantasía deja de complementar la realidad y empieza a sustituirla. Cuando eso ocurre, la imaginación deja de ser libertad y se convierte en encierro.

    El narrador llega a afirmar que la fantasía puede terminar siendo monótona. La afirmación parece contradictoria, pero contiene una verdad incómoda: una vida construida únicamente con sueños puede resultar tan repetitiva como cualquier rutina. Los escenarios cambian, las ilusiones se transforman, pero la persona permanece inmóvil. La verdadera tragedia del soñador no es que carezca de sueños, sino que solo tiene sueños; y precisamente porque solo posee sueños, termina perdiendo aquello que ningún sueño podrá ofrecerle: la experiencia de una vida real, imperfecta y contradictoria.

    La novela adquiere ahí una dimensión que trasciende a su protagonista. ¿Cuánto de soñadores hay en nosotros? ¿Cuántas veces hemos preferido imaginar antes que actuar, observado desde una distancia prudente para evitar el riesgo del fracaso, confundido la seguridad con la plenitud?

    La llegada de Nástenka pondrá a prueba todas estas certezas. Por primera vez, el soñador deberá enfrentarse a algo que no puede controlar con la imaginación: otro ser humano.

    II. Nástenka: la grieta entre la idealización y la realidad

    Si el soñador encarna a un hombre que ha construido su existencia dentro de los límites seguros de la imaginación, la aparición de Nástenka es el acontecimiento más importante de toda su vida. Ella no llega solo para alterar sus sentimientos: llega para alterar su forma de estar en el mundo. Funciona como una grieta abierta en el caparazón que él había construido durante años. Por primera vez aparece alguien capaz de desplazarlo fuera de sí mismo; por primera vez sus pensamientos dejan de girar exclusivamente alrededor de su propia imaginación y se orientan hacia otro. La experiencia, aparentemente sencilla, equivale para él a una revolución.

    Surge entonces la pregunta que atraviesa toda la novela: ¿puede alguien que ha vivido refugiado en la imaginación aprender finalmente a vivir? Dostoyevski no responde de manera directa. Prefiere mostrar el conflicto a través de la experiencia del protagonista, que a medida que la relación con Nástenka avanza empieza a descubrir una realidad que siempre había permanecido fuera de su alcance. En uno de los pasajes más significativos observa: «oyes y ves cómo vive la gente (que vive de verdad)». La expresión tiene una fuerza extraordinaria. Habla de una humanidad distinta a la suya, de personas que participan activamente en el mundo, que toman decisiones, se equivocan, aman, sufren y continúan. Frente a ellas, el soñador es un observador silencioso. No vive: contempla; no actúa: imagina; no arriesga: fantasea.

    Hay aquí una forma de cobardía existencial que Dostoyevski retrata con sensibilidad. No la cobardía de quien teme un peligro inmediato, sino otra más silenciosa y profunda: la de quien teme vivir. Por eso uno de los momentos más conmovedores de la novela ocurre cuando Nástenka le pregunta:

    —¿De veras que ha vivido usted así durante toda su vida?
    —¡Toda la vida, Nástenka!… ¡Toda la vida, y me parece que también la acabaré del mismo modo!

    La respuesta tiene la contundencia de una sentencia. El narrador no solo reconoce que ha desperdiciado buena parte de su existencia construyendo castillos imaginarios; reconoce también algo más doloroso: sospecha que seguirá haciéndolo. Lo trágico no es el pasado, sino el futuro. El soñador mira el mañana y no encuentra posibilidades de transformación: encuentra la repetición indefinida de la misma soledad. Lo dice con una claridad devastadora: «hasta me da miedo pensar en el futuro, porque en el futuro… de nuevo me espera la soledad, de nuevo esa vida rancia e inútil». El miedo al futuro no nace solo de la incertidumbre; nace de la conciencia de no haber actuado. Teme el mañana porque intuye que será una prolongación de todas las oportunidades que dejó pasar.

    Nástenka representa lo contrario. Encarna la posibilidad de romper ese círculo. Su presencia introduce algo que ninguna fantasía puede ofrecer: la experiencia imprevisible del otro. Mientras los sueños obedecen a nuestros deseos, las personas reales tienen voluntad propia, contradicciones, expectativas y decisiones que se nos escapan. Por eso la joven se vuelve una figura transformadora: no porque le ofrezca amor, sino porque le ofrece realidad. Y la realidad siempre exige aquello que él ha intentado evitar durante toda su vida: el riesgo.

    Uno de los pasajes más hermosos de la novela formula esta idea con precisión: «porque uno finalmente madura dejando atrás sus ideales de antes, que se esfuman como el polvo y se rompen en pedazos; y si no hay otra vida, es preciso construirla con esos mismos pedazos». La madurez aparece como una renuncia necesaria. No consiste en conservar intactas las ilusiones, sino en aceptar que la vida se construye con materiales imperfectos: pérdidas, errores, decepciones, aprendizajes. Los sueños siguen importando, pero no pueden sustituir la experiencia.

    Durante unas pocas noches el soñador cree haber encontrado una salida a la prisión que él mismo construyó. Cree que Nástenka puede conducirlo hacia una vida distinta. Aún no comprende que la realidad tiene una lógica diferente a la imaginación. Los sueños obedecen a nuestros deseos; las personas reales no. Esa diferencia terminará enfrentándolo con la verdad más dolorosa: no basta con descubrir la posibilidad del amor para aprender a amar; antes hay que aprender a vivir.

    III. La compasión disfrazada de amor

    Si la aparición de Nástenka es la irrupción de la realidad en la vida del soñador, el desarrollo de su relación revela algo más complejo: la distancia que existe entre ser amado y ser necesitado.

    A medida que avanzan las conversaciones, el lector percibe que ambos no se encuentran en el mismo lugar emocional. Mientras el soñador empieza a enamorarse, Nástenka intenta sobrevivir a una espera que la consume. Comparten la soledad, pero no exactamente los mismos sentimientos. Una de las mayores virtudes de Dostoyevski consiste en no escribir personajes simples: Nástenka no es una manipuladora ni una mujer que juegue con los sentimientos del protagonista. También ella sufre; también ella está atrapada en sus propias ilusiones. Pero su sufrimiento tiene otra dirección: está orientado hacia el hombre que espera. El soñador, en cambio, comienza a orientar toda su existencia hacia ella.

    Hay un momento en que Nástenka parece abrir la posibilidad de un amor futuro:

    si siente que su amor es tan grande que puede reemplazar finalmente en mi corazón al otro… si desea apiadarse de mí, si no quiere dejarme a solas con mi destino, desconsolada y desesperanzada, si quiere amarme siempre, tal y como lo está haciendo ahora, entonces le juro que el agradecimiento… que mi amor será finalmente digno del suyo.

    La confesión es conmovedora, pero contiene una ambigüedad cuando se la lee con detenimiento. Nástenka no habla de una pasión espontánea ni de un amor que surge naturalmente: habla de reemplazo, de agradecimiento, incluso de compasión. El lenguaje sitúa al soñador en una posición particular: la de quien podría llenar un vacío, no la de quien ha sido elegido libremente. La diferencia es enorme. El amor nace del reconocimiento del otro como alguien único e irrepetible; la gratitud nace del beneficio recibido. La primera puede conducir al segundo, pero no son lo mismo. Y el soñador, cegado por la intensidad de sus emociones, no advierte esa diferencia.

    Dostoyevski deja señales. En uno de sus momentos de mayor lucidez, el propio narrador sospecha la verdad: «Usted siente lástima de mí, Nástenka. Sencillamente siente lástima de mí, amiga mía». La frase es extraordinaria porque revela que, en algún lugar de su conciencia, él comprende perfectamente lo que está ocurriendo. Por unos instantes deja de escuchar lo que desea escuchar y empieza a escuchar lo que realmente está siendo dicho. No es el hombre amado: es el hombre que acompaña; no es el destino: es el refugio; no es la elección: es la posibilidad disponible cuando la elección principal parece haber desaparecido.

    La lucidez dura poco. La esperanza vuelve a imponerse. Nástenka, intentando expresar su afecto, pronuncia una de las frases más dolorosas de toda la novela: «¡Sí, le quiero! Le quiero como usted me quiere a mí. Si yo misma le dije eso antes, que él… le quiero porque es usted mejor que él, porque es más noble que él…». A primera vista parece una declaración amorosa. Pero contiene una paradoja: Nástenka no describe al soñador por lo que es en sí mismo, sino en comparación con otro hombre. Lo quiere porque es más noble; porque es mejor. El centro emocional de la comparación sigue siendo el ausente; el otro continúa ocupando el lugar alrededor del cual giran todos los sentimientos.

    El soñador queda atrapado en una posición imposible: valorado, admirado e incluso querido, pero siempre en referencia a alguien más. Nunca deja de ser medido contra una ausencia. Una de las escenas más crueles ocurre cuando Nástenka, convencida de estar expresando cariño, le dice: «¡Dios mío, qué buen amigo es usted!… Cuando me case mantendremos una gran amistad, más que si fuéramos hermanos. Yo le querré casi tanto como a él…». No hay crueldad deliberada en sus palabras; por eso mismo resultan tan devastadoras: la sinceridad puede herir tanto como la mentira.

    El soñador descubre entonces que ocupa un lugar privilegiado, pero no el que desea. Es el amigo, el confidente, el hermano espiritual; quien escucha, comprende y acompaña. Pero no el hombre esperado. Dostoyevski sugiere aquí una de las verdades más incómodas de las relaciones humanas: ser necesario no equivale a ser amado.

    Y, sin embargo, el protagonista acepta el papel. ¿Por qué? Porque durante toda su vida ha vivido privado de vínculos auténticos. La cercanía imperfecta le parece preferible a la soledad absoluta. Su necesidad de afecto es tan profunda que está dispuesto a confundir gratitud con amor y compañía con reciprocidad. No se aferra solo a Nástenka: se aferra a la posibilidad de dejar de estar solo.

    El verdadero drama radica en la dificultad de distinguir entre amor, compasión, gratitud y necesidad emocional. Todos los personajes parecen confundidos: Nástenka cree que el agradecimiento puede transformarse en amor; el soñador cree que la intensidad de sus sentimientos garantiza la reciprocidad. Ambos descubrirán que la realidad es más compleja que sus deseos. La tragedia ya está anunciada; aún no ha ocurrido. Pero el lector empieza a entender que aquello que el soñador interpreta como el inicio de una nueva vida podría ser una pausa luminosa dentro de una soledad mucho más antigua.

    IV. El regreso a la madriguera

    Todo en Noches blancas conduce hacia un momento inevitable: el regreso de la realidad. Durante unas pocas noches el soñador ha conseguido salir del rincón donde habitaba desde hacía años. Ha compartido sus pensamientos, ha experimentado la cercanía humana, ha empezado a imaginar la posibilidad de una existencia distinta. Por primera vez siente que la vida ocurre también para él.

    Pero la realidad tiene una característica que la separa de la fantasía: no obedece nuestros deseos. Nástenka nunca dejó de esperar al otro hombre. La intensidad de sus conversaciones, la cercanía emocional que construyeron, la complicidad nacida durante aquellas noches: ninguna de esas cosas alteró el curso de sus sentimientos. Cuando finalmente reaparece el hombre al que ama, la elección se produce con una naturalidad devastadora para el protagonista.

    Ahí se derrumba el reino de los sueños. Dostoyevski resume el instante con una imagen extraordinaria: «Todo un reino de sueños se acaba de derrumbar alrededor de él». La frase tiene una fuerza simbólica enorme porque no describe únicamente el final de una ilusión amorosa: lo que se derrumba es una forma de comprender el mundo. Durante unas pocas noches el soñador había empezado a creer que podía escapar de sí mismo. Había imaginado una vida diferente, compartida, construida fuera de los límites de la fantasía. La realidad irrumpe nuevamente y le recuerda que las ilusiones, por intensas que sean, no modifican el curso de los acontecimientos.

    El lector espera resentimiento; espera reproches; espera que el narrador culpe a Nástenka por su sufrimiento. Dostoyevski escoge otro camino: el soñador no responde con amargura, responde con gratitud. Ahí está una de las diferencias mayores entre esta obra temprana y los personajes atormentados de la madurez dostoievskiana. El hombre del subsuelo habría respondido con cinismo; Raskólnikov habría intentado racionalizar el fracaso; el soñador, en cambio, conserva intacta su capacidad de conmoverse. Comprende que aquellas noches fueron reales; breves, sí; insuficientes, también; pero reales. Por primera vez en su vida salió del encierro que él mismo había construido. Por primera vez experimentó algo que ninguna fantasía podía ofrecerle: la presencia auténtica de otro ser humano. La pérdida no invalida la experiencia.

    Aquí se halla una de las enseñanzas más profundas de la novela. La vida no adquiere valor únicamente por aquello que permanece; también está hecha de encuentros fugaces, de instantes irrepetibles, de momentos que, aunque breves, transforman para siempre nuestra forma de mirar.

    Queda abierta una pregunta: ¿cambió realmente el soñador? Dostoyevski evita una respuesta definitiva. Por un lado, todo indica que regresará a su antigua existencia: la soledad sigue allí; su rincón sigue esperándolo; la ciudad permanece indiferente. Materialmente, nada ha cambiado. Por el otro, algo ya no es igual. La grieta abierta por Nástenka permanece. Antes de conocerla podía refugiarse en sus sueños sin cuestionarlos; después de conocerla deberá convivir con la certeza de que existe una vida auténtica a la que nunca terminó de pertenecer.

    Quizás esa sea la verdadera tragedia de la novela. No perder a Nástenka, sino descubrir demasiado tarde que había pasado gran parte de su existencia contemplando la vida desde la ventana de sus propios sueños. Durante años creyó que podía evitar las heridas manteniéndose al margen del mundo; pero termina descubriendo que quien renuncia al sufrimiento renuncia también a la plenitud.

    Por eso Noches blancas sigue conmoviendo a lectores de distintas épocas. No porque todos hayamos vivido una historia semejante a la del protagonista, sino porque todos, en algún momento, hemos sentido la tentación de refugiarnos en nuestros propios sueños para evitar el riesgo de vivir.

    Y ahí queda la pregunta que la novela deja suspendida mucho después de la última página:

    ¿Cuánta vida hemos dejado pasar mientras imaginábamos vivirla?


    Imagen: Maria Schell y Marcello Mastroianni en Le notti bianche de Luchino Visconti (1957), adaptación cinematográfica de Noches blancas de Fiódor Dostoyevski.

  • Entre Eco y Narciso: la identidad perdida

    Entre Eco y Narciso: la identidad perdida

    Joven harapiento contemplando su rostro fragmentado en un charco, entre ruinas humeantes y multitudes enmascaradas

    Esta columna de opinión la escribo bajo la sordidez de un mundo caótico, inmerso en una estulticia pasmosa; entre los vaivenes de una geopolítica desenfrenada, sin cotos morales, y un país que arde bajo la emocionalidad política, ensalzando enemigos y revistiendo de moralina las justificaciones más miserables. Esa miseria no distingue estrato social, títulos ni ralea. Allí, en esa obra casi apocalíptica que devora empresarios, ciudadanos, académicos, obreros y también arlequines, la identidad se fragmenta como espacio de lucha y resistencia, hasta terminar convertida en Eco, la ninfa de la montaña castigada por Hera.

    Esa identidad fragmentada, líquida, conduce a la estupidez. Tal vez estoy envejeciendo entre mañas y achaques, marcado por la insoportable presencia de ese bien excesivo: la estupidez humana. Esa golosa y adornada patraña expone, con desparpajo, nuestros vacíos: la escasez de sentido común y la ausencia de posturas menos egocéntricas se han vuelto un dato disperso de la época. Transitamos una humanidad cada vez más fangosa y superficial; una humanidad sin identidad.

    Nuestra boca, que suele ser reflejo de nuestra imagen, deglute con avidez palabras lisonjeras que brotan de sí misma. Pero no es amor propio: es su inversa, disfrazada de estímulos, engaños y sentidos distorsionados que encubren una carencia espiritual. Parlotea sin cesar y, en consecuencia, retoca la imagen con cosméticos verbales; esa imagen que pretende acercarse al éxito justo allí, en el rincón ruin de su propia tiranía.

    Eco y Narciso parecen haberse fundido en nuestra vida cotidiana. Narciso murió contemplando su reflejo; Eco, condenada a repetir, perdió su propia voz. Hoy nos miramos en versiones editadas de nosotros mismos mientras repetimos ideas cada vez más correctas y, al mismo tiempo, cada vez menos nuestras.

    A diferencia de las interpretaciones marxianas sobre la enajenación y la cosificación de las relaciones humanas, lo decisivo ahora parece ser el impulso voluntario de someterse: ser apéndice, medio e instrumento de sí mismo. Hemos traicionado el sueño prometeico. Hemos convertido nuestras herramientas y nuestras creatividades en amas. Subyugados y empobrecidos, pero alimentados de egotismo, avanzamos sin identidad y repletos de estupidez.