
Esta columna de opinión la escribo bajo la sordidez de un mundo caótico, inmerso en una estulticia pasmosa; entre los vaivenes de una geopolítica desenfrenada, sin cotos morales, y un país que arde bajo la emocionalidad política, ensalzando enemigos y revistiendo de moralina las justificaciones más miserables. Esa miseria no distingue estrato social, títulos ni ralea. Allí, en esa obra casi apocalíptica que devora empresarios, ciudadanos, académicos, obreros y también arlequines, la identidad se fragmenta como espacio de lucha y resistencia, hasta terminar convertida en Eco, la ninfa de la montaña castigada por Hera.
Esa identidad fragmentada, líquida, conduce a la estupidez. Tal vez estoy envejeciendo entre mañas y achaques, marcado por la insoportable presencia de ese bien excesivo: la estupidez humana. Esa golosa y adornada patraña expone, con desparpajo, nuestros vacíos: la escasez de sentido común y la ausencia de posturas menos egocéntricas se han vuelto un dato disperso de la época. Transitamos una humanidad cada vez más fangosa y superficial; una humanidad sin identidad.
Nuestra boca, que suele ser reflejo de nuestra imagen, deglute con avidez palabras lisonjeras que brotan de sí misma. Pero no es amor propio: es su inversa, disfrazada de estímulos, engaños y sentidos distorsionados que encubren una carencia espiritual. Parlotea sin cesar y, en consecuencia, retoca la imagen con cosméticos verbales; esa imagen que pretende acercarse al éxito justo allí, en el rincón ruin de su propia tiranía.
Eco y Narciso parecen haberse fundido en nuestra vida cotidiana. Narciso murió contemplando su reflejo; Eco, condenada a repetir, perdió su propia voz. Hoy nos miramos en versiones editadas de nosotros mismos mientras repetimos ideas cada vez más correctas y, al mismo tiempo, cada vez menos nuestras.
A diferencia de las interpretaciones marxianas sobre la enajenación y la cosificación de las relaciones humanas, lo decisivo ahora parece ser el impulso voluntario de someterse: ser apéndice, medio e instrumento de sí mismo. Hemos traicionado el sueño prometeico. Hemos convertido nuestras herramientas y nuestras creatividades en amas. Subyugados y empobrecidos, pero alimentados de egotismo, avanzamos sin identidad y repletos de estupidez.