Blog

  • Noches blancas: el soñador y el miedo a vivir

    Una lectura sobre la fantasía como refugio y como prisión

    Introducción

    Noches blancas se recuerda como una novela breve sobre un amor imposible. Es una lectura cómoda, pero incompleta. Bajo esa historia liviana (dos noches blancas en San Petersburgo, un encuentro entre dos solitarios, una promesa rota) Dostoyevski despliega lo que considero su verdadero asunto: la soledad, la fantasía y el miedo a vivir.

    Para entender al anónimo soñador que protagoniza la obra hay que situarlo en su contexto. La novela aparece en 1848, durante el reinado de Nicolás I (el «Gendarme de Europa»), en una Rusia marcada por la censura, el autoritarismo y la ausencia casi total de espacios para la participación política e intelectual. San Petersburgo no es ahí un telón de fondo: es una ciudad artificial levantada sobre marismas, atravesada por la niebla y la burocracia, que produce sobre quien la habita una sensación permanente de extrañamiento.

    La Rusia de mediados del siglo XIX transita entre el Romanticismo y el Realismo. El idealismo europeo había impregnado a la juventud rusa, pero la imposibilidad de transformar la realidad empuja a muchos espíritus sensibles hacia el repliegue interior. Donde no es posible actuar, queda la imaginación; donde la realidad frustra los anhelos, surge el refugio de la fantasía.

    Conviene recordar también que esta es la obra del Dostoyevski anterior a Siberia. Es el joven escritor que aún no ha experimentado el simulacro de fusilamiento, los años de trabajos forzados ni la transformación espiritual que marcaría sus novelas mayores. Por eso el soñador ocupa un lugar singular en su galería de personajes. Ya están en él rasgos que luego se radicalizarán en el hombre del subsuelo o en Raskólnikov (introspección desmedida, alienación, dificultad para habitar el mundo), pero conserva una inocencia que las obras posteriores ya no permiten. Es un personaje melancólico, no cínico; aislado, no resentido; profundamente solo, pero todavía capaz de conmoverse ante el sufrimiento ajeno.

    Quizá por eso el soñador resulta tan cercano. Más que un personaje literario parece una posibilidad humana. Todos hemos sentido, en algún momento, la tentación de refugiarnos en los propios pensamientos, sustituir la experiencia por la imaginación, o contemplar la vida desde una distancia prudente para evitar el riesgo de sufrir.

    Ahí radica la grandeza de la novela: no cuenta solo la historia de un hombre enamorado. Cuenta la historia de un hombre que descubre demasiado tarde que imaginar la vida no es lo mismo que vivirla.

    I. El soñador: un hombre que imagina la vida

    Desde las primeras páginas Dostoyevski se ocupa de advertir que su protagonista no es un hombre común. No lo presenta como tímido, introvertido o solo: lo describe como una criatura extraña, casi suspendida entre la realidad y la imaginación. La definición es tan llamativa como inquietante:

    El soñador, si es necesario definirlo con más precisión, no es un hombre, sino, si quiere saberlo, un ser de género neutro. Se ubica generalmente en algún rincón inaccesible, como si se escondiera del mundo, y se introduce en él apegándose a su rincón como un caracol, o al menos pareciéndose mucho a ese curioso animal que es casa y animal a la vez, como la tortuga.

    No describe un temperamento; construye una condición existencial. El soñador es alguien que ha renunciado al mundo exterior para refugiarse en el territorio seguro de sus pensamientos. Deja de ser un hombre concreto y se vuelve una abstracción, un ser indefinido cuya verdadera vida ocurre lejos de la experiencia y cerca de la fantasía.

    La metáfora del caracol y la tortuga es reveladora. Ambos animales llevan su casa consigo; ambos encuentran protección en aquello que también los limita. El soñador hace exactamente eso: su interioridad funciona como refugio frente a las incertidumbres del mundo, pero ese mismo refugio termina convirtiéndose en prisión.

    Hay aquí una paradoja humana. Todos buscamos lugares seguros; todos construimos espacios donde protegernos de la decepción, del rechazo, del fracaso. Pero cuando la protección se vuelve forma permanente de existencia, nos aísla precisamente de aquello que da sentido a la vida. Dostoyevski sugiere que hay una diferencia fundamental entre estar vivo y participar realmente de la existencia. El protagonista respira, camina por San Petersburgo, observa a la gente; y, sin embargo, permanece al margen de aquello que contempla. Es un espectador de la vida, no uno de sus protagonistas.

    Una de las frases más significativas de la novela aparece cuando el narrador habla de quienes «viven de verdad». La expresión encierra una confesión involuntaria: si hay personas que viven de verdad, es porque él sospecha que no pertenece a esa categoría. La distancia entre ambos mundos es enorme. De un lado, quienes actúan, se equivocan, toman decisiones y asumen las consecuencias; del otro, el soñador, que sustituye la experiencia por la imaginación y la incertidumbre por la contemplación. Mientras unos construyen su existencia con elecciones concretas, él la construye con escenarios imaginarios.

    La fantasía aparece entonces como una forma de protección frente al sufrimiento. El soñador cree escapar del dolor refugiándose en sus sueños, pero paga un precio demasiado alto por esa seguridad aparente: al evitar el riesgo evita también la plenitud; al huir de la decepción renuncia igualmente a la posibilidad de la felicidad.

    Dostoyevski no condena la imaginación. Reconoce su poder creador y su capacidad para enriquecer la vida humana. Lo que cuestiona es otra cosa: el momento en que la fantasía deja de complementar la realidad y empieza a sustituirla. Cuando eso ocurre, la imaginación deja de ser libertad y se convierte en encierro.

    El narrador llega a afirmar que la fantasía puede terminar siendo monótona. La afirmación parece contradictoria, pero contiene una verdad incómoda: una vida construida únicamente con sueños puede resultar tan repetitiva como cualquier rutina. Los escenarios cambian, las ilusiones se transforman, pero la persona permanece inmóvil. La verdadera tragedia del soñador no es que carezca de sueños, sino que solo tiene sueños; y precisamente porque solo posee sueños, termina perdiendo aquello que ningún sueño podrá ofrecerle: la experiencia de una vida real, imperfecta y contradictoria.

    La novela adquiere ahí una dimensión que trasciende a su protagonista. ¿Cuánto de soñadores hay en nosotros? ¿Cuántas veces hemos preferido imaginar antes que actuar, observado desde una distancia prudente para evitar el riesgo del fracaso, confundido la seguridad con la plenitud?

    La llegada de Nástenka pondrá a prueba todas estas certezas. Por primera vez, el soñador deberá enfrentarse a algo que no puede controlar con la imaginación: otro ser humano.

    II. Nástenka: la grieta entre la idealización y la realidad

    Si el soñador encarna a un hombre que ha construido su existencia dentro de los límites seguros de la imaginación, la aparición de Nástenka es el acontecimiento más importante de toda su vida. Ella no llega solo para alterar sus sentimientos: llega para alterar su forma de estar en el mundo. Funciona como una grieta abierta en el caparazón que él había construido durante años. Por primera vez aparece alguien capaz de desplazarlo fuera de sí mismo; por primera vez sus pensamientos dejan de girar exclusivamente alrededor de su propia imaginación y se orientan hacia otro. La experiencia, aparentemente sencilla, equivale para él a una revolución.

    Surge entonces la pregunta que atraviesa toda la novela: ¿puede alguien que ha vivido refugiado en la imaginación aprender finalmente a vivir? Dostoyevski no responde de manera directa. Prefiere mostrar el conflicto a través de la experiencia del protagonista, que a medida que la relación con Nástenka avanza empieza a descubrir una realidad que siempre había permanecido fuera de su alcance. En uno de los pasajes más significativos observa: «oyes y ves cómo vive la gente (que vive de verdad)». La expresión tiene una fuerza extraordinaria. Habla de una humanidad distinta a la suya, de personas que participan activamente en el mundo, que toman decisiones, se equivocan, aman, sufren y continúan. Frente a ellas, el soñador es un observador silencioso. No vive: contempla; no actúa: imagina; no arriesga: fantasea.

    Hay aquí una forma de cobardía existencial que Dostoyevski retrata con sensibilidad. No la cobardía de quien teme un peligro inmediato, sino otra más silenciosa y profunda: la de quien teme vivir. Por eso uno de los momentos más conmovedores de la novela ocurre cuando Nástenka le pregunta:

    —¿De veras que ha vivido usted así durante toda su vida?
    —¡Toda la vida, Nástenka!… ¡Toda la vida, y me parece que también la acabaré del mismo modo!

    La respuesta tiene la contundencia de una sentencia. El narrador no solo reconoce que ha desperdiciado buena parte de su existencia construyendo castillos imaginarios; reconoce también algo más doloroso: sospecha que seguirá haciéndolo. Lo trágico no es el pasado, sino el futuro. El soñador mira el mañana y no encuentra posibilidades de transformación: encuentra la repetición indefinida de la misma soledad. Lo dice con una claridad devastadora: «hasta me da miedo pensar en el futuro, porque en el futuro… de nuevo me espera la soledad, de nuevo esa vida rancia e inútil». El miedo al futuro no nace solo de la incertidumbre; nace de la conciencia de no haber actuado. Teme el mañana porque intuye que será una prolongación de todas las oportunidades que dejó pasar.

    Nástenka representa lo contrario. Encarna la posibilidad de romper ese círculo. Su presencia introduce algo que ninguna fantasía puede ofrecer: la experiencia imprevisible del otro. Mientras los sueños obedecen a nuestros deseos, las personas reales tienen voluntad propia, contradicciones, expectativas y decisiones que se nos escapan. Por eso la joven se vuelve una figura transformadora: no porque le ofrezca amor, sino porque le ofrece realidad. Y la realidad siempre exige aquello que él ha intentado evitar durante toda su vida: el riesgo.

    Uno de los pasajes más hermosos de la novela formula esta idea con precisión: «porque uno finalmente madura dejando atrás sus ideales de antes, que se esfuman como el polvo y se rompen en pedazos; y si no hay otra vida, es preciso construirla con esos mismos pedazos». La madurez aparece como una renuncia necesaria. No consiste en conservar intactas las ilusiones, sino en aceptar que la vida se construye con materiales imperfectos: pérdidas, errores, decepciones, aprendizajes. Los sueños siguen importando, pero no pueden sustituir la experiencia.

    Durante unas pocas noches el soñador cree haber encontrado una salida a la prisión que él mismo construyó. Cree que Nástenka puede conducirlo hacia una vida distinta. Aún no comprende que la realidad tiene una lógica diferente a la imaginación. Los sueños obedecen a nuestros deseos; las personas reales no. Esa diferencia terminará enfrentándolo con la verdad más dolorosa: no basta con descubrir la posibilidad del amor para aprender a amar; antes hay que aprender a vivir.

    III. La compasión disfrazada de amor

    Si la aparición de Nástenka es la irrupción de la realidad en la vida del soñador, el desarrollo de su relación revela algo más complejo: la distancia que existe entre ser amado y ser necesitado.

    A medida que avanzan las conversaciones, el lector percibe que ambos no se encuentran en el mismo lugar emocional. Mientras el soñador empieza a enamorarse, Nástenka intenta sobrevivir a una espera que la consume. Comparten la soledad, pero no exactamente los mismos sentimientos. Una de las mayores virtudes de Dostoyevski consiste en no escribir personajes simples: Nástenka no es una manipuladora ni una mujer que juegue con los sentimientos del protagonista. También ella sufre; también ella está atrapada en sus propias ilusiones. Pero su sufrimiento tiene otra dirección: está orientado hacia el hombre que espera. El soñador, en cambio, comienza a orientar toda su existencia hacia ella.

    Hay un momento en que Nástenka parece abrir la posibilidad de un amor futuro:

    si siente que su amor es tan grande que puede reemplazar finalmente en mi corazón al otro… si desea apiadarse de mí, si no quiere dejarme a solas con mi destino, desconsolada y desesperanzada, si quiere amarme siempre, tal y como lo está haciendo ahora, entonces le juro que el agradecimiento… que mi amor será finalmente digno del suyo.

    La confesión es conmovedora, pero contiene una ambigüedad cuando se la lee con detenimiento. Nástenka no habla de una pasión espontánea ni de un amor que surge naturalmente: habla de reemplazo, de agradecimiento, incluso de compasión. El lenguaje sitúa al soñador en una posición particular: la de quien podría llenar un vacío, no la de quien ha sido elegido libremente. La diferencia es enorme. El amor nace del reconocimiento del otro como alguien único e irrepetible; la gratitud nace del beneficio recibido. La primera puede conducir al segundo, pero no son lo mismo. Y el soñador, cegado por la intensidad de sus emociones, no advierte esa diferencia.

    Dostoyevski deja señales. En uno de sus momentos de mayor lucidez, el propio narrador sospecha la verdad: «Usted siente lástima de mí, Nástenka. Sencillamente siente lástima de mí, amiga mía». La frase es extraordinaria porque revela que, en algún lugar de su conciencia, él comprende perfectamente lo que está ocurriendo. Por unos instantes deja de escuchar lo que desea escuchar y empieza a escuchar lo que realmente está siendo dicho. No es el hombre amado: es el hombre que acompaña; no es el destino: es el refugio; no es la elección: es la posibilidad disponible cuando la elección principal parece haber desaparecido.

    La lucidez dura poco. La esperanza vuelve a imponerse. Nástenka, intentando expresar su afecto, pronuncia una de las frases más dolorosas de toda la novela: «¡Sí, le quiero! Le quiero como usted me quiere a mí. Si yo misma le dije eso antes, que él… le quiero porque es usted mejor que él, porque es más noble que él…». A primera vista parece una declaración amorosa. Pero contiene una paradoja: Nástenka no describe al soñador por lo que es en sí mismo, sino en comparación con otro hombre. Lo quiere porque es más noble; porque es mejor. El centro emocional de la comparación sigue siendo el ausente; el otro continúa ocupando el lugar alrededor del cual giran todos los sentimientos.

    El soñador queda atrapado en una posición imposible: valorado, admirado e incluso querido, pero siempre en referencia a alguien más. Nunca deja de ser medido contra una ausencia. Una de las escenas más crueles ocurre cuando Nástenka, convencida de estar expresando cariño, le dice: «¡Dios mío, qué buen amigo es usted!… Cuando me case mantendremos una gran amistad, más que si fuéramos hermanos. Yo le querré casi tanto como a él…». No hay crueldad deliberada en sus palabras; por eso mismo resultan tan devastadoras: la sinceridad puede herir tanto como la mentira.

    El soñador descubre entonces que ocupa un lugar privilegiado, pero no el que desea. Es el amigo, el confidente, el hermano espiritual; quien escucha, comprende y acompaña. Pero no el hombre esperado. Dostoyevski sugiere aquí una de las verdades más incómodas de las relaciones humanas: ser necesario no equivale a ser amado.

    Y, sin embargo, el protagonista acepta el papel. ¿Por qué? Porque durante toda su vida ha vivido privado de vínculos auténticos. La cercanía imperfecta le parece preferible a la soledad absoluta. Su necesidad de afecto es tan profunda que está dispuesto a confundir gratitud con amor y compañía con reciprocidad. No se aferra solo a Nástenka: se aferra a la posibilidad de dejar de estar solo.

    El verdadero drama radica en la dificultad de distinguir entre amor, compasión, gratitud y necesidad emocional. Todos los personajes parecen confundidos: Nástenka cree que el agradecimiento puede transformarse en amor; el soñador cree que la intensidad de sus sentimientos garantiza la reciprocidad. Ambos descubrirán que la realidad es más compleja que sus deseos. La tragedia ya está anunciada; aún no ha ocurrido. Pero el lector empieza a entender que aquello que el soñador interpreta como el inicio de una nueva vida podría ser una pausa luminosa dentro de una soledad mucho más antigua.

    IV. El regreso a la madriguera

    Todo en Noches blancas conduce hacia un momento inevitable: el regreso de la realidad. Durante unas pocas noches el soñador ha conseguido salir del rincón donde habitaba desde hacía años. Ha compartido sus pensamientos, ha experimentado la cercanía humana, ha empezado a imaginar la posibilidad de una existencia distinta. Por primera vez siente que la vida ocurre también para él.

    Pero la realidad tiene una característica que la separa de la fantasía: no obedece nuestros deseos. Nástenka nunca dejó de esperar al otro hombre. La intensidad de sus conversaciones, la cercanía emocional que construyeron, la complicidad nacida durante aquellas noches: ninguna de esas cosas alteró el curso de sus sentimientos. Cuando finalmente reaparece el hombre al que ama, la elección se produce con una naturalidad devastadora para el protagonista.

    Ahí se derrumba el reino de los sueños. Dostoyevski resume el instante con una imagen extraordinaria: «Todo un reino de sueños se acaba de derrumbar alrededor de él». La frase tiene una fuerza simbólica enorme porque no describe únicamente el final de una ilusión amorosa: lo que se derrumba es una forma de comprender el mundo. Durante unas pocas noches el soñador había empezado a creer que podía escapar de sí mismo. Había imaginado una vida diferente, compartida, construida fuera de los límites de la fantasía. La realidad irrumpe nuevamente y le recuerda que las ilusiones, por intensas que sean, no modifican el curso de los acontecimientos.

    El lector espera resentimiento; espera reproches; espera que el narrador culpe a Nástenka por su sufrimiento. Dostoyevski escoge otro camino: el soñador no responde con amargura, responde con gratitud. Ahí está una de las diferencias mayores entre esta obra temprana y los personajes atormentados de la madurez dostoievskiana. El hombre del subsuelo habría respondido con cinismo; Raskólnikov habría intentado racionalizar el fracaso; el soñador, en cambio, conserva intacta su capacidad de conmoverse. Comprende que aquellas noches fueron reales; breves, sí; insuficientes, también; pero reales. Por primera vez en su vida salió del encierro que él mismo había construido. Por primera vez experimentó algo que ninguna fantasía podía ofrecerle: la presencia auténtica de otro ser humano. La pérdida no invalida la experiencia.

    Aquí se halla una de las enseñanzas más profundas de la novela. La vida no adquiere valor únicamente por aquello que permanece; también está hecha de encuentros fugaces, de instantes irrepetibles, de momentos que, aunque breves, transforman para siempre nuestra forma de mirar.

    Queda abierta una pregunta: ¿cambió realmente el soñador? Dostoyevski evita una respuesta definitiva. Por un lado, todo indica que regresará a su antigua existencia: la soledad sigue allí; su rincón sigue esperándolo; la ciudad permanece indiferente. Materialmente, nada ha cambiado. Por el otro, algo ya no es igual. La grieta abierta por Nástenka permanece. Antes de conocerla podía refugiarse en sus sueños sin cuestionarlos; después de conocerla deberá convivir con la certeza de que existe una vida auténtica a la que nunca terminó de pertenecer.

    Quizás esa sea la verdadera tragedia de la novela. No perder a Nástenka, sino descubrir demasiado tarde que había pasado gran parte de su existencia contemplando la vida desde la ventana de sus propios sueños. Durante años creyó que podía evitar las heridas manteniéndose al margen del mundo; pero termina descubriendo que quien renuncia al sufrimiento renuncia también a la plenitud.

    Por eso Noches blancas sigue conmoviendo a lectores de distintas épocas. No porque todos hayamos vivido una historia semejante a la del protagonista, sino porque todos, en algún momento, hemos sentido la tentación de refugiarnos en nuestros propios sueños para evitar el riesgo de vivir.

    Y ahí queda la pregunta que la novela deja suspendida mucho después de la última página:

    ¿Cuánta vida hemos dejado pasar mientras imaginábamos vivirla?


    Imagen: Maria Schell y Marcello Mastroianni en Le notti bianche de Luchino Visconti (1957), adaptación cinematográfica de Noches blancas de Fiódor Dostoyevski.

  • Cinco programas, tres modelos: cómo leer las elecciones de 2026

    Faltan meses para que Colombia decida qué hacer con la herencia política, fiscal y social acumulada desde 2022, y la mayor parte del debate ya se está librando donde no se decide nada: en redes sociales, en titulares de campaña, en mítines de eslogan. Frente a ese ruido escribo este dossier comparativo de los cinco programas oficiales —Abelardo de Espriella, Sergio Fajardo, Paloma Valencia con Juan Daniel Oviedo, Iván Cepeda y Claudia López— porque creo que el voto exige una cosa que el clima emocional desincentiva: leer.

    Lo primero que descubre el lector cuando se sienta con los cinco textos delante es que los diagnósticos coinciden más de lo que uno esperaría. Los cinco aceptan que el país enfrenta una crisis simultánea de seguridad, salud, finanzas públicas, transición energética y corrupción. Lo que los separa —y separa profundamente— no es lo que ven, sino qué teoría del cambio aplican.

    Esa diferencia se puede agrupar en tres familias. La primera, Firmeza/Orden (Abelardo y Paloma con Oviedo), parte de un diagnóstico de «desgobierno»: el país habría sido capturado por el crimen y por un Estado obeso e ideologizado, y la receta consiste en mano dura, reducción del Estado, libre mercado pro-empresa y una cooperación profunda con Estados Unidos. La segunda, Cambio Gradual/Educación (Fajardo y, con matices, Claudia López), traduce las crisis a un problema de improvisación y polarización, y propone Estado profesional, descentralización, ciencia, educación y reformas técnicamente verificables. La tercera, Transformación Estructural/Derechos (Cepeda), insiste en que el origen está en el modelo histórico de desigualdad y captura mafioso-empresarial, y plantea Estado redistributivo, reforma agraria, soberanía energética y profundización del Acuerdo de Paz.

    Esa tipología no es un capricho académico. Cada familia produce respuestas distintas —a veces opuestas— en los frentes que más le importan al lector real: ¿se reactivan los hidrocarburos? ¿se cierra o se conserva el modelo de aseguramiento en salud? ¿quién paga el ajuste fiscal? ¿qué pasa con el Catatumbo? La guía recorre estas preguntas eje por eje, con citas textuales de cada programa, sin paráfrasis conveniente.

    Conviene ser claro en algo más: este no es un texto neutral en el sentido tibio. Es comparativo en el método y crítico en la lectura. Lo que pretende es que el lector salga del dossier con cinco preguntas honestas que pueden hacerle a cualquier candidato —al suyo también— antes de marcar el tarjetón:

    • ¿Quién paga el ajuste fiscal? Subsidios eliminados, beneficios revisados, nuevos impuestos, recortes a programas, recuperación de lo robado: cada candidato responde diferente. La factura tiene siempre un destinatario.
    • ¿Cómo se garantiza el suministro energético sin desbordar el cambio climático? Fracking, renovables, gas, nuclear, comunidades energéticas: la combinación elegida define el modelo de país de las próximas dos décadas.
    • ¿Qué es paz para este candidato? ¿La derrota militar de las economías ilegales, la negociación, o un proceso de transformación social que cierre las causas estructurales?
    • ¿Qué tipo de Estado se imagina? ¿Pequeño y tecnológico, eficiente y descentralizado, o robusto y redistributivo?
    • ¿Quién es el sujeto del cambio? «Los Nunca» (Abelardo), «las mayorías imparables» (López), las víctimas y movimientos sociales (Cepeda), la decencia y la clase media (Fajardo), o el ciudadano-consumidor con datos (Paloma con Oviedo).

    Si su candidato no le responde con claridad a esas cinco preguntas, no le ha vendido un programa: le ha vendido un eslogan.

    Dejo el dossier completo en PDF más abajo. Veintitrés páginas con el comparativo eje por eje —modelo económico, seguridad, salud, educación, derechos, tierras, regiones— y un análisis específico de Norte de Santander y Cúcuta. Es para leer despacio, marcando con lápiz. Las elecciones no se ganan con épica, se ganan con lectura.


    Documento elaborado a partir de la lectura íntegra de los cinco programas oficiales publicados por las campañas. Las citas se transcriben textualmente; las síntesis fueron contrastadas con los respectivos documentos.

  • Entre Eco y Narciso: la identidad perdida

    Entre Eco y Narciso: la identidad perdida

    Joven harapiento contemplando su rostro fragmentado en un charco, entre ruinas humeantes y multitudes enmascaradas

    Esta columna de opinión la escribo bajo la sordidez de un mundo caótico, inmerso en una estulticia pasmosa; entre los vaivenes de una geopolítica desenfrenada, sin cotos morales, y un país que arde bajo la emocionalidad política, ensalzando enemigos y revistiendo de moralina las justificaciones más miserables. Esa miseria no distingue estrato social, títulos ni ralea. Allí, en esa obra casi apocalíptica que devora empresarios, ciudadanos, académicos, obreros y también arlequines, la identidad se fragmenta como espacio de lucha y resistencia, hasta terminar convertida en Eco, la ninfa de la montaña castigada por Hera.

    Esa identidad fragmentada, líquida, conduce a la estupidez. Tal vez estoy envejeciendo entre mañas y achaques, marcado por la insoportable presencia de ese bien excesivo: la estupidez humana. Esa golosa y adornada patraña expone, con desparpajo, nuestros vacíos: la escasez de sentido común y la ausencia de posturas menos egocéntricas se han vuelto un dato disperso de la época. Transitamos una humanidad cada vez más fangosa y superficial; una humanidad sin identidad.

    Nuestra boca, que suele ser reflejo de nuestra imagen, deglute con avidez palabras lisonjeras que brotan de sí misma. Pero no es amor propio: es su inversa, disfrazada de estímulos, engaños y sentidos distorsionados que encubren una carencia espiritual. Parlotea sin cesar y, en consecuencia, retoca la imagen con cosméticos verbales; esa imagen que pretende acercarse al éxito justo allí, en el rincón ruin de su propia tiranía.

    Eco y Narciso parecen haberse fundido en nuestra vida cotidiana. Narciso murió contemplando su reflejo; Eco, condenada a repetir, perdió su propia voz. Hoy nos miramos en versiones editadas de nosotros mismos mientras repetimos ideas cada vez más correctas y, al mismo tiempo, cada vez menos nuestras.

    A diferencia de las interpretaciones marxianas sobre la enajenación y la cosificación de las relaciones humanas, lo decisivo ahora parece ser el impulso voluntario de someterse: ser apéndice, medio e instrumento de sí mismo. Hemos traicionado el sueño prometeico. Hemos convertido nuestras herramientas y nuestras creatividades en amas. Subyugados y empobrecidos, pero alimentados de egotismo, avanzamos sin identidad y repletos de estupidez.