Autor: Mario de Jesús Zambrano Miranda

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  • Cinco programas, tres modelos: cómo leer las elecciones de 2026

    Faltan meses para que Colombia decida qué hacer con la herencia política, fiscal y social acumulada desde 2022, y la mayor parte del debate ya se está librando donde no se decide nada: en redes sociales, en titulares de campaña, en mítines de eslogan. Frente a ese ruido escribo este dossier comparativo de los cinco programas oficiales —Abelardo de Espriella, Sergio Fajardo, Paloma Valencia con Juan Daniel Oviedo, Iván Cepeda y Claudia López— porque creo que el voto exige una cosa que el clima emocional desincentiva: leer.

    Lo primero que descubre el lector cuando se sienta con los cinco textos delante es que los diagnósticos coinciden más de lo que uno esperaría. Los cinco aceptan que el país enfrenta una crisis simultánea de seguridad, salud, finanzas públicas, transición energética y corrupción. Lo que los separa —y separa profundamente— no es lo que ven, sino qué teoría del cambio aplican.

    Esa diferencia se puede agrupar en tres familias. La primera, Firmeza/Orden (Abelardo y Paloma con Oviedo), parte de un diagnóstico de «desgobierno»: el país habría sido capturado por el crimen y por un Estado obeso e ideologizado, y la receta consiste en mano dura, reducción del Estado, libre mercado pro-empresa y una cooperación profunda con Estados Unidos. La segunda, Cambio Gradual/Educación (Fajardo y, con matices, Claudia López), traduce las crisis a un problema de improvisación y polarización, y propone Estado profesional, descentralización, ciencia, educación y reformas técnicamente verificables. La tercera, Transformación Estructural/Derechos (Cepeda), insiste en que el origen está en el modelo histórico de desigualdad y captura mafioso-empresarial, y plantea Estado redistributivo, reforma agraria, soberanía energética y profundización del Acuerdo de Paz.

    Esa tipología no es un capricho académico. Cada familia produce respuestas distintas —a veces opuestas— en los frentes que más le importan al lector real: ¿se reactivan los hidrocarburos? ¿se cierra o se conserva el modelo de aseguramiento en salud? ¿quién paga el ajuste fiscal? ¿qué pasa con el Catatumbo? La guía recorre estas preguntas eje por eje, con citas textuales de cada programa, sin paráfrasis conveniente.

    Conviene ser claro en algo más: este no es un texto neutral en el sentido tibio. Es comparativo en el método y crítico en la lectura. Lo que pretende es que el lector salga del dossier con cinco preguntas honestas que pueden hacerle a cualquier candidato —al suyo también— antes de marcar el tarjetón:

    • ¿Quién paga el ajuste fiscal? Subsidios eliminados, beneficios revisados, nuevos impuestos, recortes a programas, recuperación de lo robado: cada candidato responde diferente. La factura tiene siempre un destinatario.
    • ¿Cómo se garantiza el suministro energético sin desbordar el cambio climático? Fracking, renovables, gas, nuclear, comunidades energéticas: la combinación elegida define el modelo de país de las próximas dos décadas.
    • ¿Qué es paz para este candidato? ¿La derrota militar de las economías ilegales, la negociación, o un proceso de transformación social que cierre las causas estructurales?
    • ¿Qué tipo de Estado se imagina? ¿Pequeño y tecnológico, eficiente y descentralizado, o robusto y redistributivo?
    • ¿Quién es el sujeto del cambio? «Los Nunca» (Abelardo), «las mayorías imparables» (López), las víctimas y movimientos sociales (Cepeda), la decencia y la clase media (Fajardo), o el ciudadano-consumidor con datos (Paloma con Oviedo).

    Si su candidato no le responde con claridad a esas cinco preguntas, no le ha vendido un programa: le ha vendido un eslogan.

    Dejo el dossier completo en PDF más abajo. Veintitrés páginas con el comparativo eje por eje —modelo económico, seguridad, salud, educación, derechos, tierras, regiones— y un análisis específico de Norte de Santander y Cúcuta. Es para leer despacio, marcando con lápiz. Las elecciones no se ganan con épica, se ganan con lectura.


    Documento elaborado a partir de la lectura íntegra de los cinco programas oficiales publicados por las campañas. Las citas se transcriben textualmente; las síntesis fueron contrastadas con los respectivos documentos.

  • Entre Eco y Narciso: la identidad perdida

    Esta columna de opinión la escribo bajo la sordidez de un mundo caótico, inmerso en una estulticia pasmosa; entre los vaivenes de una geopolítica desenfrenada, sin cotos morales, y un país que arde bajo la emocionalidad política, ensalzando enemigos y revistiendo de moralina las justificaciones más miserables. Esa miseria no distingue estrato social, títulos ni ralea. Allí, en esa obra casi apocalíptica que devora empresarios, ciudadanos, académicos, obreros y también arlequines, la identidad se fragmenta como espacio de lucha y resistencia, hasta terminar convertida en Eco, la ninfa de la montaña castigada por Hera.

    Esa identidad fragmentada, líquida, conduce a la estupidez. Tal vez estoy envejeciendo entre mañas y achaques, marcado por la insoportable presencia de ese bien excesivo: la estupidez humana. Esa golosa y adornada patraña expone, con desparpajo, nuestros vacíos: la escasez de sentido común y la ausencia de posturas menos egocéntricas se han vuelto un dato disperso de la época. Transitamos una humanidad cada vez más fangosa y superficial; una humanidad sin identidad.

    Nuestra boca, que suele ser reflejo de nuestra imagen, deglute con avidez palabras lisonjeras que brotan de sí misma. Pero no es amor propio: es su inversa, disfrazada de estímulos, engaños y sentidos distorsionados que encubren una carencia espiritual. Parlotea sin cesar y, en consecuencia, retoca la imagen con cosméticos verbales; esa imagen que pretende acercarse al éxito justo allí, en el rincón ruin de su propia tiranía.

    Eco y Narciso parecen haberse fundido en nuestra vida cotidiana. Narciso murió contemplando su reflejo; Eco, condenada a repetir, perdió su propia voz. Hoy nos miramos en versiones editadas de nosotros mismos mientras repetimos ideas cada vez más correctas y, al mismo tiempo, cada vez menos nuestras.

    A diferencia de las interpretaciones marxianas sobre la enajenación y la cosificación de las relaciones humanas, lo decisivo ahora parece ser el impulso voluntario de someterse: ser apéndice, medio e instrumento de sí mismo. Hemos traicionado el sueño prometeico. Hemos convertido nuestras herramientas y nuestras creatividades en amas. Subyugados y empobrecidos, pero alimentados de egotismo, avanzamos sin identidad y repletos de estupidez.

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