
Mario de Jesús Zambrano Miranda
He iniciado una correría por los libros viejos; en ella hay algo de regreso a mis años de estudiante y a los maestros que despertaron en mí el deseo de comprender el mundo. Cuando llegué a la Universidad de Pamplona, además del gusto por la literatura, llevaba en el corazón y en la mente una inquietud por las ciencias sociales. La posibilidad de estudiar la licenciatura fue un encuentro con el saber y con personas que hicieron de esa inquietud una febril emoción por leer, preguntar y tratar de entender.
Quería devorarme el mundo, pero devorármelo desde la lectura y la capacidad de comprenderlo. Pronto fui descubriendo que eso exigía mirarlo desde distintas aristas, hacer preguntas y poner en relación lo que iba aprendiendo. En ese camino encontré maestros a quienes recuerdo con gratitud: el profesor Carlos Gil Jurado, quien me regaló muchos de los libros que hoy pretendo comentar; la profesora Ana Noriegu Gutiérrez y el profesor Ramiro Ceballos. Volver a esos libros también es una manera de hacer memoria de ellos y de lo que significaron en mi formación.
En mi acercamiento a la historia ocupa un lugar especial el profesor Guillermo León Díaz, quien ya falleció. Con él estudié historia antigua, medieval y moderna, e historia de Colombia. En sus clases encontró lugar una semilla que todavía me acompaña: la preocupación por el pasado y por la manera como aprendemos a interpretarlo.
El profesor Guillermo nos invitaba a estudiar la historia con sentido crítico; yo venía de una enseñanza en la que recordar fechas, nombres y acontecimientos tenía un peso considerable, como les ha ocurrido a muchos en este país. Esos conocimientos son importantes, pero resultan insuficientes si no aprendemos a preguntar por las condiciones en que ocurrieron los hechos, por los intereses en disputa y por las vidas de quienes participaron en ellos. Comprender la historia exigía ir más allá de memorizarla.
Esa forma de acercarme al pasado me permitió tomar distancia de las miradas nostálgicas o románticas y de cierta enseñanza apologética que invita a admirar antes que a comprender. El pasado podía ser interrogado; había explicaciones que discutir, relaciones que descubrir y versiones que contrastar. Ese aprendizaje está presente en este ejercicio de lectura, aunque ahora lo emprenda desde otro momento de mi vida.
También hay una inquietud que me acompaña cuando vuelvo a los libros viejos. A veces parece que su antigüedad bastara para invalidarlos, como si ya no tuvieran nada que decirnos. Recuerdo que, en una universidad, me insistían en la actualización de la bibliografía. Comprendo la necesidad de conocer nuevas investigaciones y revisar nuestras referencias; lo que me cuesta aceptar es que la fecha de publicación se convierta, por sí sola, en una medida del valor de un libro.
Algunos libros guardan algo de lo añejo del buen whisky: un sabor del saber que merece tiempo y atención. La imagen me sirve para expresar el gusto de volver a ellos, sin suponer que todo libro viejo es un clásico ni que sus explicaciones deban aceptarse por su antigüedad. Leerlos permite reconocer las preguntas de otra época, refrescar la memoria y examinar qué conservan de interés para nosotros.
Con ese ánimo estoy leyendo El proceso del capitalismo en Colombia, de Mario Arango Jaramillo, en su segunda edición, publicada por Ediciones Hombre Nuevo. Por su lenguaje y sus referencias, lo sitúo en el ambiente intelectual de los años setenta. Su interpretación marxista de la historia dialoga con las preocupaciones de las teorías del desarrollo y de la dependencia; la referencia a Paul Baran, al examinar el excedente económico y su destino, ayuda a reconocer ese horizonte de discusión.
Lo que sigue recoge algunos pasajes que he subrayado y procura describir el argumento del autor, acompañado de las reflexiones que me suscita. Es un ejercicio personal de lectura, conectado con mi pasado y con la memoria de mis maestros. En esta ocasión me detengo en las grandes contradicciones del modo de producción colonial y en la explicación que Arango ofrece sobre los vínculos entre minería, tierra y comercio en la Nueva Granada.
La primera contradicción aparece en la relación entre la organización interna de la Colonia y el mercado mundial. En la interpretación de Arango, la Nueva Granada se articuló a la expansión del capitalismo mediante una economía cuyo eje era la minería del oro. Alrededor de ella se organizaban buena parte del aparato político y fiscal, las actividades de abastecimiento y los circuitos comerciales; sin embargo, una parte fundamental de esa riqueza se obtenía mediante trabajo esclavizado y otras relaciones de producción no capitalistas.
La tensión está en ese vínculo. El oro extraído bajo relaciones de dominación colonial alimentaba la circulación y la acumulación de riqueza en Europa; participar en un mercado capitalista no convertía automáticamente en capitalistas las relaciones de trabajo que sostenían esa participación. Para el autor, ambas realidades podían coexistir y reforzarse. Esta distinción ayuda a evitar una lectura demasiado simple de nuestra incorporación a la economía mundial.
También dentro de la Colonia coexistían distintas formas de producir. Estaba la producción destinada al autoconsumo, la producción mercantil simple de pequeños productores y artesanos, y las expresiones incipientes de producción capitalista que Arango identifica en ciertos espacios. Esa heterogeneidad importa: las regiones se vinculaban de manera diferente al comercio, organizaban el trabajo bajo condiciones distintas y tenían posibilidades desiguales de acumular riqueza y ampliar sus actividades.
Una de las tesis que me ha llamado la atención se refiere a la esclavitud. Arango encuentra en la minería esclavista condiciones que contribuyeron a la acumulación mercantil y al posterior desarrollo capitalista de Antioquia. La aparente paradoja consiste en que el trabajo esclavizado, tan distante del trabajo asalariado, podía alimentar fortunas que después encontraran otros destinos productivos. Leer esta relación obliga a reconocer la violencia sobre la que se construyeron parte de esas riquezas. La relación entre esas fortunas y sus posteriores destinos productivos es uno de los asuntos que me interesa seguir en la lectura.
La segunda contradicción se encuentra en la tierra. Arango sitúa su origen en la expropiación de las tierras de las comunidades indígenas durante la Conquista y la Colonización. La propiedad colonial se construyó mediante relaciones de fuerza y mecanismos de apropiación respaldados por el poder; por eso, el conflicto agrario tenía una dimensión que excedía la distribución del ingreso: comprometió las condiciones materiales de existencia de las comunidades despojadas.
Me parece relevante su insistencia en las particularidades de ese proceso. Trasladar sin más a América la explicación del feudalismo europeo puede ocultar el significado de la expropiación indígena. Para las comunidades, recuperar la tierra involucraba formas de vida y relaciones colectivas que no se comprendían plenamente desde la concepción europea de propiedad privada. El conflicto entre terratenientes, indígenas y campesinos debía leerse dentro de esa historia de despojo.
En los pasajes que subrayé, el autor describe cómo ese proceso fue configurando, hacia finales del siglo XVIII, una estructura agraria fundada en el latifundio. En su interpretación, la concentración de la tierra restringía la expansión de la producción mercantil y del consumo. La precariedad de amplios sectores rurales estrechaba el mercado interno, mientras una parte de los propietarios orientaba su demanda hacia bienes suntuarios importados. La distribución de la propiedad tenía consecuencias sobre las posibilidades de producir y vender.
Esa caracterización requiere conservar las diferencias territoriales que el propio libro permite observar. Aunque Arango sostiene que la agricultura neogranadina atendía principalmente necesidades locales, también registra especializaciones y circuitos de intercambio. Me llamó la atención la referencia al cacao en los valles de Cúcuta y Neiva, junto con el trigo en Cundinamarca y Boyacá y la caña de azúcar en otras regiones. El tabaco, además, ocupaba un lugar destacado por su importancia fiscal. Había actividades y mercados concretos dentro de una economía que el autor describe como fragmentada.
La tercera contradicción se expresa en el comercio y en los intereses que crecieron a su alrededor. El intercambio con Europa facilitaba la transferencia de riqueza hacia la metrópoli y, a la vez, permitía acumular capital a comerciantes establecidos en la Nueva Granada. El orden colonial producía actores que obtenían beneficios dentro de sus reglas, pero que también podían encontrar obstáculos en sus restricciones; su relación con ese orden tenía, por tanto, motivos de adhesión y de conflicto.
Arango distingue la «burguesía compradora», vinculada al comercio exterior y asentada principalmente en Cartagena y Santafé, de los mercaderes que articulaban los intercambios internos. Estos últimos conectaban centros mineros, zonas agrícolas y núcleos artesanales; distribuían alimentos, manufacturas locales y artículos importados. Bajo el nombre de comerciantes aparecían posiciones e intereses diversos, cuya participación en los conflictos políticos exige una explicación más precisa que la simple oposición entre españoles y criollos.
Las dificultades de comunicación formaban parte de esa economía. Los ríos Magdalena y Cauca constituían ejes principales, acompañados por caminos de herradura y conexiones precarias entre regiones. Según el autor, las rutas respondían en buena medida a las condiciones naturales y a los intereses del comercio exterior. Desde una preocupación por el desarrollo regional, este pasaje resulta sugerente: la manera como se conectan los territorios influye en los mercados que pueden construir y en las actividades que encuentran posibilidades de expansión.
El caso del Socorro permite observar esas tensiones con más detalle. Allí se desarrolló una actividad textil que vinculaba comerciantes y artesanos. Quien controlaba la materia prima y compraba las telas podía ejercer dominio económico sobre tejedores que conservaban cierta independencia en su trabajo. Arango examina esa organización para explicar tanto la expansión de la producción como sus límites; la existencia de talleres, intercambios y comerciantes prósperos no bastaba para consolidar una manufactura capitalista en el sentido que él utiliza.
A las características de esa organización se sumaban la limitada capacidad de consumo, las barreras fiscales y las dificultades de transporte. La trayectoria del Socorro le permite discutir por qué una actividad productiva con cierta importancia regional no logró transformar el conjunto de relaciones que la rodeaban. Su explicación continúa en la República: atribuye a las políticas librecambistas, especialmente desde mediados del siglo XIX, un papel decisivo en su deterioro. Es una interpretación que invita a examinar cómo las decisiones de política económica afectaron de manera distinta a cada región.
A esta altura de la lectura surge una pregunta que atraviesa varios de los fragmentos: ¿hacia dónde iba la riqueza acumulada? Si la minería y el comercio generaban excedentes, interesa saber quién podía disponer de ellos y qué hacía con esos recursos. La discusión sobre los orígenes del capitalismo también pasa por el destino de las fortunas, por las oportunidades de inversión y por las instituciones que organizaban el crédito.
Las páginas sobre los censos y las capellanías son especialmente reveladoras. El autor describe cómo una persona podía destinar dinero o bienes a financiar misas por su alma. Para sostener ese propósito, los recursos debían producir una renta; en el mecanismo que examina, el dinero se prestaba con garantías sobre la propiedad territorial, lo que favorecía el acceso de grandes propietarios. Una práctica religiosa quedaba así vinculada a la circulación del excedente y a las relaciones económicas del campo.
Arango interpreta ese circuito como una vía de consolidación del poder de los terratenientes y de la Iglesia. Parte de los capitales acumulados en el comercio y la minería se aproximaba a la gran propiedad. El pasaje muestra por qué acumular dinero y transformar la producción son procesos diferentes; el destino de los recursos dependía de quién podía ofrecer garantías, de los intereses de sus propietarios y de las instituciones disponibles para invertirlos.
Estas tensiones también aparecen en su lectura de la Revolución Comunera de 1781. Arango discute las explicaciones que reducen su fracaso a la traición de una élite o a la falta de organización popular. Propone examinar los intereses de los grupos participantes, sus relaciones con la propiedad y el comercio, y el alcance de sus reivindicaciones. Compartir el rechazo a ciertas medidas coloniales no implicaba coincidir en la transformación social que cada grupo estaba dispuesto a respaldar.
Esta parte del libro me deja una reflexión sobre el cambio político. Las contradicciones económicas pueden generar conflictos, pero su desenlace depende de alianzas, decisiones y capacidades de acción. La acumulación mercantil tampoco determina, por sí sola, una voluntad de transformar las relaciones existentes. Un comerciante podía cuestionar restricciones y conservar intereses ligados al orden que las producía; esa ambivalencia ayuda a comprender las dificultades de los movimientos que reúnen sectores con aspiraciones distintas.
Al terminar estos pasajes, vuelvo a pensar en las clases del profesor Guillermo León Díaz y en aquella invitación a preguntar por el pasado. El libro me ha permitido retomar discusiones sobre la tierra, el trabajo y la riqueza, y recordar cómo nació mi interés por ellas. En esta correría hay libros que conservo y maestros que siguen presentes en mi manera de leer; comentar estas páginas es también una forma de agradecerles. Por ahora, sigo subrayando.
Libro comentado: Mario Arango Jaramillo, El proceso del capitalismo en Colombia, segunda edición, Ediciones Hombre Nuevo.

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